“Lo mejor que le puede pasar a un cruasán” no fue un libro que me haya partido la cabeza, pero pasajes como este que publico a continuación hicieron que me resultara extremadamente entretenido de leer. Me lo compró mi viejo en el aeropuerto de Barcelona en 2006, mientras mirábamos boludeces para matar las cuatro horas de retraso que tenía nuestro vuelo. Linda prosa la de este señor Pablo Tusset, sobre todo en este encuentro con una puta que tiene el trasnochado protagonista de la historia a eso de las 6 AM.
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Me apeé ante la boquería y atravesé el mercado para permitirme el paseo entre las paradas y admirar a alguna pescadera bien pertrechada, expuesta en su trono de hielo como una reina de los mares, entre ofrendas de limón y clavo y fragancias de marisco semoviente. Recorrí después vericuetos y callejas, más pendiente de la ligera alegría que me desperezaba la bragueta que de seguir un camino preciso, pero llegué indefectiblemente a la placeta del hotel; siempre llego sin darme mucha cuenta. Lo que vi rondando no era muy estimulante y me metí en uno de los bares en espera de que se me ofreciera algo mejor. El dueño trasteaba en las neveras detrás de la barra: un tipo calvorota, con la piel de la frente comida de soriasis. La cafetera estaba enchufada y parecía dispuesta a cumplir con sus deberes electrodomésticos. Pedí un cortado. Si alguien no conoce el puterío en esta zona, sepa que el asunto funciona justo al revés que en Amsterdam; o sea: el cliente espera tras la cristalera de algún bar, dejándose ver, y las putas van haciendo un carrusel por la plaza; cuando una te gusta, le haces una señal y entra a detallar el negocio. A estas horas se retiran las del turno de la noche y llegan las encargadas de atender al personal que ha terminado de abastecer de viandas al mercado. Siempre se encuentra algo mejor que en las saunas del Ensanche, territorio de carísimas filólogas que toman leche descremada y dicen ‘fellatio’, pero el asunto aquella mañana estaba un poco mustio, sólo había tres trotonas a la vista y ninguna de ellas de mi gusto. La más vieja de las tres debía haber superado con creces los sesenta. Insistía frente al bar haciéndome gestos. Negué repetidamente con la cabeza sin perder la expresión amable, pero no fui lo suficientemente rotundo y entró a por mí.
—Hola, guapo. ¿Quieres venirte un rato?
—Otro día.
—Venga, que te voy a chupar bien los huevos.
—Gracias, los traigo chupaos de casa…
Le dio la risa:
—¡Hombre, mira qué guasón! Nos vamos a divertir, tú y yo; venga, vamos a la habitación y me calientas un poco el bacalao.
Me recordaba vagamente a la señora Mitjans, una de las habituales de las partidas de canasta de mi Señora Madre, así que quedaba rotundamente descartada. Por supuesto hube de negar quince veces más hasta que cambió de disco. La invité a tomar algo y pidió café con leche y cruasán. Procuré desentenderme de ella para que las de la calle tuvieran claro que aún estaba libre, pero fue difícil: en cuanto terminó el cruasán insistió reforzando la oferta con caricias, esas caricias que sólo la puta experta o la mujer enamorada saben hacer, como si estuvieran deseando tocarte, palparte, sentirte. Cuesta trabajo resistirse a ese manoseo ávido; las putas lo saben y prueban suerte, te toquetean y hablan en susurros. Acabó por darse por vencida y volvió a la plaza sin renunciar a seguir haciéndome morritos por el camino. Pero ahora se había incorporado al carrusel una que tenía buen aspecto, al menos vista de lejos. Esperé a que pasara más cerca y me fijé mejor. Treinta y muchos, quizás cuarenta y pocos, mujerona, pelo corto, morena, bien de culo, tetas modestas, facciones tranquilas, seria, muy seria. La miré a los ojos. No hizo muecas, sólo entró en el bar:
—¿Qué tal?
—Hola. ¿Aún trabajas?
—Acabo de empezar. Qué quieres.
—Un polvo. Corriente y moliente.
—Cuatro mil. Si quieres habitación, aparte.
—Bueno, había pensado en redondear cinco mil contando con las mil quinientas de una habitación en la esquina: está limpio…
No se lo pensó mucho.
—Bueno, tres mil quinientas si vamos al hotel.
Entramos en el moblé separados el uno del otro por un par de pasos. Hay algo en las putas que me recuerda a los camellos: suelen actuar en público como si no tuvieran ninguna relación contigo; y es recíproco. En el mostrador un chaval con la cara llena de recuerdos de un acné pertinaz le dio a ella un llavero con el número 37 y me cobró a mí la tarifa de una hora. Ascensor. Meterse con una puta barata en el ascensor de un hotel por horas significa casi siempre que te van a magrear la bragueta para ir ganando tiempo de camino, pero esta no parecía estar por la labor, se limitó a mordisquearse un pellejo del dedo pulgar.
—¿Cómo te llamas?
—Pablo. ¿Y tú?
—Gloria.
Mierda.
La habitación era beige, creí haber estado antes en ella pero es difícil de saber porque todas se parecen. Gloria se encargó de retirar el cobertor y dejar a la vista las sábanas blancas, con los dobleces marcados, de una tranquilizadora pulcritud aparente. Se sacó un par de condones del bolsillo de los tejanos y los dejó sobre la mesilla. Después se sentó a los pies de la cama, se desnudó y fue hacia el pequeño lavamanos, desdeñando el bidé. Levantó una pierna apoyando el muslo sobre la loza y se acomodó de forma que le quedara el chocho al alcance del agua, que empezó a traerse con la mano desde el grifo. El rito de la ablución. Siempre me ha parecido un poco sórdido este momento de enjuagarse los bajos, pero esta vez había algo inesperadamente bello en aquella escena a la luz esviada de primera hora: las tetillas de pezones cónicos reflejadas en el espejo, el culo grande y lleno que rebosaba el seno del lavabo, el chap-chap del agua entrechocando con la vulva protuberante. ‘El baño de Venus’, o bien ‘Muchacha regando su flor’. Un buen óleo de aquello hubiera podido presidir una sala del Louvre, y una buena foto hubiera podido presidir un taller de reparación de coches. Me desnudé deprisa, molesto por la impetuosa erección atrapada en los pantalones, y me acerqué a mi Venus que ahora se frotaba suavemente la entretepierna con una toalla color rosa pastel. Había dejado la azul celeste para mí, aceptando la distribución convencional de colores por sexo. La abracé por detrás y le pasé las manos bajo los brazos buscándole las tetas, que tomé como a dos pequeñas cornucopias de la abundancia. “Espera, lávate y vamos a la cama”, dijo, haciendo un gesto para desembarazarse. Me acerqué yo también al lavabo para cumplir con los ritos baptismales; puse la polla tiesa como un pepino al chorro del grifo y me sequé vagamente. El agua fría y el contacto áspero de la toalla consiguieron vencer en parte la tensión que me erguía el capullo. Ella se había echado en el lado derecho de la cama y esperaba mirándome, sin variar su expresión de absoluta seriedad. “Échate al otro lado, si no te importa”, le pedí. Ella se movió y me tendí en la cama, resoplando ya un poco por la excitación. “Déjame hacer a mí. ¿Puedo besarte?”, pregunté. “Donde quieras menos en la boca”. Empecé por el cuello, brevemente, y enseguida desemboqué en las tetas. Ahí me entretuve un rato en la delicia de gelatina, incluso más allá de cuando empecé a notar los pezones tiesos y la piel erizada alrededor de la aréolas. El rabo se me había puesto a cien otra vez. “¿Estás cómoda?” Asintió, tan seria y concentrada como siempre, observando mis paseos por su pecho con cierta curiosidad relajada. Deslicé la derecha hacia el centro de su pubis. Ella separó la pierna que apoyaba sobre la planta del pie y pude llegar con toda la longitud del dedo sobre el abultamiento húmedo y frío por el lavaje profiláctico. Poco a poco, entreteniendo aún la boca con las tetillas puntiagudas, fui presionando con el costado del índice para desplazar los labios y empecé a notar una humedad más cálida, una deliciosa tumefacción. Elegí al azar uno de los condones de la mesilla, me lo puse con las consabidas dificultades (sólo superables si uno no hace ni puto caso de las recomendaciones del fabricante), y empecé el movimiento de montar encima de ella, que se dispuso para alojarme. Noté los latidos de mi corazón en la base del cipote y procuré no hacerlo aterrizar directamente en la abertura de su entrepierna, sino que me alcé un poco para depositar los huevos en el nido y disfrutar un poco más de la sensación de estar simplemente así, entre sus piernas abiertas. En momentos como este me dan siempre ganas de declarar mi amor incondicional, pero me reprimo y beso todo lo que encuentran mis labios, todo menos la boca, una boca de puta que no quiere ser besada por cualquiera y que en cambio se habrá comido cinco pollas antes de acabar la jornada. Cosas de putas. Cuando no pude más y decidí concederme el premio prometido le separé un poco más el muslo con la mano y me moví presionando con la punta del nabo, sin guía, hasta notar que acertaba. Empujé un poco y sentí ese atravesar cortinas de seda; un poco más; más aún hasta hundir la longitud completa de mi pequeño representante en la tierra, y una vez encajado me acomodé mejor sobre los codos procurando dejarla respirar bajo mis ciento veinte kilos. Ahí me hubiera quedado para siempre; pero no era posible quedarse para siempre, así que hubo que empezar a entrar y salir repetidamente para hacerse a la cuenta de que uno había pasado allí adentro mucho tiempo. La chica me dejó hacer sin molestarse en montar efectos especiales: sólo se le oía soltar el aliento brevemente contenido a cada uno de mis envites, lentos pero de presión creciente, que la obligaban a tensar la musculatura para resistir la compresión a la que la sometía sujetándola por los hombros. Cuando noté la inminencia del orgasmo la solté, apoyé las manos en lugar de los codos para no hacerle daño en los últimos empujones, y me corrí largamente, con ese mujido de Wookie que me sale cuando me voy a gusto. Después vino esa sensación de cosa blanda y húmeda que volvió a convertir mi polla en lo que suele ser, más ridícula si cabe bajo ese impermeable rematado en un depósito de pringue blanquecino.
Esperé boca arriba a estabilizar mi respiración y en cuanto pude le pregunté si le importaba quedarse cinco minutos en la cama, el tiempo de fumar un cigarro. Dijo que bueno y me pidió tabaco rubio. Busqué en el pantalón el paquete de Fortuna, le alcancé uno y le di fuego. Yo encendí un Ducados y volví a tenderme en la cama.
—¿Te has quedao bien? —preguntó.
—Como un rey. Pero si esperamos un rato repetiría.
—Si tienes tres mil quinientas pelas más…
—Mujer: ¿otras tres mil? Ya que estamos aquí te sale a cuenta hacerme mejor precio y repetir. Mejor que salir a la calle a por otro cliente.
Se quedó un momento mirando al techo y dando una calada al Fortuna:
—Bueno, te lo dejo en dos mil quinientas.
—Dos mil es todo lo que me queda. Y tendría que coger un taxi de vuelta a casa.
—Pues si quieres te pones un condón y te hago una mamada por mil pelas…
—No me gusta que me mamen nada.
—¿Ah, no? Pues es raro…
—Sí, debo ser un poco pervertido. Venga: ¿hace otro polvo por mil pelas?
—Ni hablar: dos mil. Puedes volver en metro. Si no tienes te dejo suelto para el billete.
—Hace años que no voy en metro, me da mal rollo.
—Oye, no abuses… No me caes del todo mal para lo que corre por ahí, pero no soy una hermanita de la caridad, ¿sabes? Antes ya te he rebajado quinientas pelas, y ahora te he vuelto a rebajar mil quinientas.
Bah, qué más daba: un viaje en metro puede no estar tan mal si uno viaja bien follao. Acepté el segundo por dos mil. Acabamos el cigarro, la abracé, me abrazó, apoyó la mejilla sobre mi pecho, nos refrotamos un rato el uno contra el otro y repetimos casi igual que antes, aunque ahora más tranquilos, liberada gran parte de mi urgencia eyaculatoria. Después fumamos otro cigarro. Habría pasado poco más de media hora, quedaba tiempo para entregarse tranquilamente a las abluciones post coitum. Ella usó esta vez el bidé y se enjabonó el perineo, desde el pubis hasta el final de la regatera del culo, de espaldas a mí. Tuve que encender otro cigarro y dejar de mirar para no ponerme otra vez cachondo. Después, mientras ella se vestía, volví a pasarme un agua en el lavamanos. Esperó a que terminara, le pagué —me di cuenta entonces de que no me lo había exigido por adelantado, como es habitual— y salimos juntos.
Nos despedimos en la puerta del hotel.
—Bueno, si algún otro día vuelves, ya sabes: Gloria. Pregunta por mí, suelo estar por aquí a estas horas.
—Lástima que hoy me pillas sin pasta… Volveremos a vernos —le dije, aun a sabiendas de que jamás volvería a buscarla, incluso que indefectiblemente la evitaría en una próxima ocasión. No debe uno follar dos veces con la misma mujer: la libido se fija con una facilidad pasmosa.