Mi 2011 en fotos (de mi teléfono)

Iba a ser un año de desafíos, como mínimo.

Atardecer californiano.

Justo antes de entrar a la capilla de pintura.

La primera pintada. Esa misma noche, ya fuera del taller, nos daríamos cuenta de que estaba mal pintada y habría que volver a traerla. Bajón.

Multiplicación Miami.

De vuelta al taller. Lija antes de la segunda pintada.

Empezando a rearmarla, ya en casa.

New York.

Argentina - EE.UU. en New Jersey. Frío de recontracagarse.

De esos momentos que uno dice "al fin".

Brooklyn. Mi cuadra.

Picnic en McCarren Park.

El pulguero del barrio. Williamsburg, Brooklyn.

Danny y yo en su despedida de soltero, la noche en que como 12 de nosotros fuimos Magnum P.I. por las calles de Las Vegas.

Mi viejo resumió mi 2011 celular en cinco palabras.

El día que los zombies invadieron Brooklyn.

Verano en Williamsburg con @Guaso_De_Mierda, Belu y @lolimer.

Sillas nuevas.

LA.

El día que se casó Danny. Pandilla de groomsmen.

El día que se casó Danny. Lo llevamos a su boda en la combi.

Felipe y yo tomando licuado de banana.

Off With Their Heads en Churchill's. Miami.

Tinta negra.

Buenos Aires. Pasta en familia. La vida es esto.

Almuerzo con mi abuela (y mi hermano, que sacó la foto) en Buenos Aires.

Buenos Aires.

Sugus.

1 de octubre. Protesta de Occupy Wall Street en el puente de Brooklyn.

La policía cercándonos desde atrás.

Inmobilizados en pleno puente. Rato después, esposas y adentro. Pensar que había ido de espectador.

Un pibe improvisa un poco de Macbeth en pleno vagón en movimiento del metro de Nueva York.

En Los Angeles, almorzando con la más linda.

Union Square con @lolimer y @Guaso_De_Mierda.

El Reverend Vince Anderson y su Love Choir. La misa de cada lunes.

La primera (y demasiado temprana) nevada del año en New York.

Así pasamos el sábado de nevada con @suge10, @lautarodamato y @Guaso_De_Mierda. Fútbol fútbol fútbol.

Fin de semana en un parque nacional del estado de Nueva York cuyo nombre no recuerdo.

Mis viejos. Más de 40 años de la mano.

Fin de semana de octubre o noviembre barrileteando por la ciudad.

Mi viejo y Felipín. Miami.

Tortolitos en alguna playa del Golfo, Florida.

Fin de semana de vintage VWs. Florida.

Tocando con mis amigos. 13 years and counting. Miami, noviembre.

Tinta.

La abuela cumplió 90. Mi viejo —y todos— felices.

Uruguay y Corrientes. Buenos Aires.

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Jodete, River

River se fue a la B.

Cada tanto me vuelve a la mente y mi conciencia me lo repite. River se fue a la B. El club del que soy hincha desde que nací —uno de los únicos tres “grandes del fútbol argentino” que nunca en la historia se fueron al descenso— perdió la grandeza hoy. Ahora sólo los bosteros e Independiente pueden jactarse de eso. Pensarlo me rompe un poquito el alma.

Boludo, nos fuimos a la B.

Pero si lo pienso un poco más, la grandeza River la perdió hace rato. Dirigencias de mierda, mafia, violencia, inoperancia… Muy, TAN argentino todo esto que nos pasó. La seguidilla de jugadores progresivamente más y más pedorros hasta desembocar en este domingo 26 de junio que nos condenó a ser un equipo de segunda es un símbolo claro de la caída en picada que venía sufriendo el club. Como hincha nunca entendí la incapacidad de River para traer refuerzos que merecieran ponerse la camiseta de esta institución.

Sin embargo, y a la vez, también pienso que la grandeza de un club de 110 años no se puede medir solamente por los últimos tres o cuatro años de mierda que tuvo.

¿Cómo carajo llegamos a tener un presidente hincha de Boca?

Llegó un punto en el que me cagaba de risa de mi propio equipo. Me acuerdo de un par de temporadas atrás, escuchando en la televisión a algún periodista decir que River quería traer a Trezeguet, Camoranesi, Saviola y/o D’Alessandro para el próximo torneo… Todos jugaban en el exterior, principalmente en Europa. Era OBVIO que no los traían ni en pedo, por eso me reí, y así acabó siendo. Creo que ahí fue que terminamos trayendo al Ogro Fabbiani como premio consuelo. Ni los nacidos en el club llegaban a un arreglo para volver. ¿Por qué? Almeyda, que ya jugaba el Showbol y otros torneos de veteranos, fue la única alma caritativa que volvió ¡del retiro! para darnos una mano. Pobre. Encima la semana pasada, cuando Lanús nos condenó a la Promoción, lo veo jugando con la camiseta granate a Mauro Camoranesi. O sea: Lanús, fucking Lanús logró traer de Europa al jugador campeón del mundo 2006 con la selección italiana que River no supo conseguir. Y eso que Camoranesi es hincha de River.

Escuché el partido desde un parque en Brooklyn, muy lejos del Monumental (pero con una vista de Manhattan de la reputa madre, eso sí), con la mirada perdida. Triste decirlo, pero menos mal que estaba en la loma del orto. Hace días que venía afirmando que River se iba a la B, pero me cayó realmente la ficha de que esto era definitivo cuando Olave le atajó el penal a Pavone. Digo que me cayó la ficha cuando a la vez no lo puedo creer. Qué se yo.

River se-fue-a-la-B.

Me llamó la atención la falta de cargadas por parte de la inmensa cantidad de bosteros que tengo el gusto de conocer. Me hace pensar que el descenso de River les pegó a todos, en mayor o menor medida. Quizás los bosteros en el fondo nos van a extrañar un poco. Un amigo bostero me llamó y me dijo: “La verdad que no me gusta que se hayan ido. Boca sin River es menos Boca”. Aunque seguramente será la excepción más que la regla. Quizás miden sus palabras porque saben que empezarán el próximo torneo jodidos con su propio promedio. Es feo irse al descenso. Por lo menos, como bien marcó otro amigo hoy, ya no nos van a poder decir que “ser de River es fácil”. Váyanse a cagar.

De todas las cargadas, esta me pareció la mejorcita.

Me hubiera encantado llenar el ciberespacio de tweets y status de facebook recontrareputeando y gozando a los forros que nos daban por descendidos ante una eventual permanencia en primera. Y terminé escribiendo esto. Mala leche. Y cuando veo que invertí tanto tiempo escribiendo sobre esto me doy cuenta de lo estúpido que es el fútbol, y de lo estúpida que es la gente que compra un montón de diarios deportivos que dicen boludeces similares a las que escribo yo acá.

Sentí lástima por JJ López y por los jugadores. Un bajón que te toque formar parte de los 11 boludos que mandan a un equipo al descenso por primera vez en 110 años. No es culpa de ellos, que hicieron lo que pudieron, lo que les salió, lo único que le puede salir a un equipo sin rumbo ni identidad futbolística y lleno de jugadores medio pelo. Pasaron seis técnicos en los últimos tres años, más de 60 jugadores (uno más mediocre que el otro conforme pasaba el tiempo). Les tocó a estos, que qué carajo iban a hacer si eran un tipo de 37, casi 38 años y un montón de pichis (bue, y Carrizo, que desde hace rato viene atajando como un arquero de la B anyway). JJ fue el que mejor promedio de efectividad tuvo de los últimos seis DT. Las verdaderas Gallinas Putas están más arriba. Recomiendo leer esto y  esto para entender un poco más las merecidas puteadas a Pasarella y Aguilar.

Creo que lo que quería decir al final de cuentas es que no me da vergüenza ser de River. River se puede ir a la D (no, posta, tiene serias posibilidades) y yo seguiré siendo hincha, no motivado por un ultrafanatismo sino más bien por fidelidad, y porque hacerme de otro equipo primero que me daría mucha paja y segundo me convertiría en una verdadera gallina. Eso sí: jodete, River. Ojalá esto te sirva para recuperar los valores.

Soy de la B y me la banco. No me queda otra. De hecho me siento más hincha de River ahora que descendimos.

Muero por ver River – Patronato.

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Aguante mi viejo

Está claro que tengo que subir más fotos viejas de mi familia.

“Facebook es una mierda”. Mi viejo se pronunció en contra del despliegue online de la intimidad hace ya bastante tiempo. Por eso siempre me costó más hablar de él que de mi madre, que hoy en día tiene una majestuosísima granja cibernética. Espero, entonces, que no se caliente por esto que escribo a continuación.

Mi viejo me puso la camiseta de River ni bien nací. También me dejó afuera de casa cuando tenía como 4 años, porque le dije que ya no era más de River sino de San Lorenzo (el vecino me dijo que se lo dijera). Me dejó entrar ante los reclamos de mi mamá al escucharme llorar a grito pelado y golpear la puerta desesperadamente rogando que me abrieran. Eso sí: no fui readmitido al hogar sin antes ser obligado a reafirmar que era de River y que nunca más volvería a decir una cosa similar. Hoy, mirando al Club Patético River Plate irse a la promoción al perder contra Lanús, le dije a mi viejo: “River se va a la B”. Me mandó a la concha de mi madre.

Mi viejo fue el que me puso Manuel Juan, cuando en el registro civil le dijeron que una ley prohibía que yo llevase el mismo primer nombre que mi hermano mayor. Yo me iba a llamar Juan Manuel pero me terminé llamando —me terminaron llamando— Manuel Juan gracias a esa ley imbécil, sí, pero también gracias a la testarudez de mi padre, que insistió con que no habría ningún problema en el registro civil a pesar de las advertencias de mi madre, que estudiaba leyes y le había anticipado el contratiempo desde el hospital. Mi viejo terminó diciéndoles a los del registro que “ma sí”, que me anoten como Manuel Juan si total para él yo siempre iba a ser Juan Manuel. Como símbolo histórico de esta historieta ridícula quedó mi partida de nacimiento, que dice JUAN MANUEL RÓTULO con el JUAN tachado y con un “Juan” chiquitito escrito por arriba entre el MANUEL y el RÓTULO, como si se tratara del cuaderno de segundo grado de una nenita, y no del documento legal que se supone que es.

En Berlín. Si te cuento de qué nos veníamos riendo acá, mi papá me prende fuego el blog.

Sepan que viví los primeros años de mi vida convencido de que me llamaba Juan Manuel, hasta que una mañana sabatina o dominguera de mi infancia (tendría, no sé, 5 o 6 años), junto con el Nesquik y las tostadas con dulce de leche me desayuné que legalmente mi nombre estaba al revés. Me puso re mal enterarme de eso. Estaba en pleno intercambio de insultos infantilísimos durante una pelea verbal con mi hermano. “Vos sos esto”. “Y vos sos lo otro”. “Y vos tal cosa”. “Y vos tal otra”. “Y vos te llamás Manuel Juan”. “… ¿eh?”. “Sí, vos te llamás Manuel Juan, jaja”. “Cómo que me llamo Manuel Juan; no, me llamo Juan Manuel… mamá…”. “No, hijo, te llamás Manuel Juan, porque cuando naciste bla bla bla”. “No, bueno, ¡y vos te llamás Pablo Juan!”. “No, yo me llamo Juan Pablo”. “¡NO! ¡Te llamás Pablo Juan! Mamá…”. “No, Juanma, él sí se llama Juan Pablo”. La concha de la lora, loco.

Mi viejo me enseñó a hacerme el nudo de la corbata. También quiso enseñarme a vestir bien y fracasó estrepitosamente en el intento. Puedo valorar la palabra de un tipo que pasó 40 años yendo de traje y corbata al trabajo, pero, a la vez… eso: que pasó 40 años trajeado. Pobre, vi tantas veces esa cara de frustración al verme vestido para salir a algún lado; esa expresión de “quién mierda le enseñó a vestirse así a este chico, porque yo no fui”. Una cara casi igual a la de un padre que ve que su hija adolescente se viste como una zorra para ir a bailar. Algo así. Bueno, sin ir más lejos hace unos tres años casi le salta la térmica cuando vio lo que me iba a poner para ir al 15 de mi prima (jean negro en vez de pan-ta-lón-de-tra-je-ca-ra-jo). Siempre me frustró no poder ganarme la aprobación de mi viejo en el tema vestuario, más que nada porque yo cometía la torpeza de pensar que estaba equivocado en mis elecciones. Por suerte crecimos los dos, y yo ahora me visto un poco menos mal y él jode bastante menos.

Mi viejo se volvió un fanático de la cocina en los últimos años, para beneficio de mi mamá, primero, que se hartó de cocinar y se le nota (ver el freezer de casa); y de todos los que nos comemos lo que cocina. Se le llena la cara de felicidad viendo cómo te devorás lo que preparó. Casi que lo disfruta más él que vos.

Mi viejo cuenta chistes pésimos, muy pero muy malos. Son un cago de risa.

Una amiga notó hace poco que mi viejo me llama “hijo”. Me lo había escrito en un mail y me lo dijo en un voicemail. “¿Tu viejo te llama ‘hijo’? Es un capo”. No sé qué onda, pero parece que es tierno eso, o algo así.

Pido perdón por ser tan lindo.

Mi viejo fue el primero de la familia en enterarse cuando probé el porro por primera vezi. “Che, no sabés, el otro día probé el porro”. Se lo conté a él primero para que después se lo comunicara a mi mamá, que seguramente se iba a horrorizar bastante. No fue con ánimos de confesarle nada, en realidad nada más quería verle la cara cuando se lo contara (tenía 28 años, ¿qué carajo me iba a decir?), sólo que para mí estuvo bueno no sentir ningún reparo ni miedo al hablarle a mi señor padre acerca de mi incursión en el mundo de las drogas (que empezó y terminó ahí, por cierto. Soy un aburrido). Para él también debe haber estado bueno.

Si algún día lo conocés, decile que te cuente de la vez (o veces) que se quedó sin frenos en su Citroen pedorro manejando por Buenos Aires y cómo hizo para detenerlo. O pedile que te cuente alguna de sus historias del colegio secundario, principalmente la de la vez que le pegaron un mazazo a un inodoro en el que después se sentó una inocente profesora para experimentar cómo el asiento sanitario se desintegraba bajo sus glúteos; o el episodio en el cual empujaron a un compañero dentro de un aula a la cual le habían quitado el piso por refacciones, y cómo el joven terminó cayendo encima de la bibliotecaria, un piso más abajo.

Mi viejo es mi mejor amigo. Me da tranquilidad. Mi viejo me hace feliz. Y a veces me pregunto si lo sabe.

Feliz día, pa. No te lo digo nunca pero te re quiero.

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Un ninja me rompió el brazo: segunda parte

Un auto como este me sirvió de escudo ante el ataque del ninja.

Si te perdiste la primera parte, podés leerla acá.

Pánico. En cuanto vimos que el ninja efectivamente venía por nosotros, empezamos a correr invadidos por sendos ataques de pánico. Venancio Flores es una calle muy poco transitada durante la semana; ese sábado a la tarde, como cualquier otro, era una calle desierta. Desierta excepto por un vecino que dedicaba esas horas a lavar su Fiat 1500 en la puerta de su casa acompañado de su esposa. Si tenés 12 años y a vos y a tu amigo de 10 los corre un ninja en una calle sin testigos excepto por un vecino en shorts y chancletas lavando un auto viejo, tu mejor opción —tu única opción— es correr hacia él. Eso hicimos.

Gusti, así gordito como era y todo, salió disparado en dirección al Fiat, que estaba estacionado unos cuantos metros más adelante de la vereda de enfrente. Yo di —literalmente— dos pasos y me tropecé, cayendo de la vereda a la calle. Quise amortiguar la caída apoyando los brazos casi por instinto, pero ya estaba demasiado cerca del piso y todo el peso de mi cuerpo cayó sobre mi brazo derecho, que estaba todo doblado en una posición desfavorable dada la cercanía al pavimento y el peso que inevitablemente se le venía encima. PLAF. CRACK. Pero estaba TAN cagado en las patas que así como me caí, me levanté y seguí corriendo mientras me sostenía el brazo y decía “me quebré, ay mamita, me quebré, me quebré”, llorando más del miedo que del dolor (a todo esto, muy tierno el “ay mamita”). Es que cuando apenas te quebrás no te duele. Es a los pocos minutos del impacto, cuando empieza la hinchazón, que el dolor se torna insoportable. Yo lloraba del cagazo de ver mi mano colgando como si fuera un trapo, sabiendo a la vez que tenía un ninja atrás corriéndome con un palo.

Propulsado por el miedo pude correr los pocos metros que me faltaban para llegar a pararme atrás del auto estacionado y al lado de su dueño, que si mal no recuerdo a esas alturas ya lo estaba secando y lustrando.

“¡¿Qué pasa?!”, preguntaba el tipo, que no entendía nada de lo que estaba pasando. Dos mocosos espantados parándosele al lado en busca de protección. Nosotros decíamos cosas, no me acuerdo qué, yo le decía que me había quebrado el brazo. Le señalamos al ninja, que al vernos refugiados tras el Fiat 1500 dejó de corrernos y pasó caminando por la vereda de enfrente (o sea, a unos siete metros de distancia si tenemos en cuenta lo angosta que es esta calle). Caminaba y no paraba de mirarme a mí, el muy hijo de puta. Siguió derecho por Venancio Flores, siempre del lado de la vía, yendo para el lado de Villa Luro.

El tipo del Fiat, que tendría unos cuarenta y pico de años, seguía pidiendo explicaciones. Yo le seguía diciendo que me había fracturado, con la voz quebrada por el llanto y acelerada por el susto. Tenía el brazo y la mano muy raspados y sangrando en varios puntos. “A ver, mové los dedos”, me dice el tipo. Yo, que lo que tenía era la muñeca dislocada y fractura de radio —según constaría en las radiografías que me tomarían más tarde en el Centro Valls de la avenida Pueyrredón— y no rotura de tendones, moví los dedos sin problemas. “Naaa, no tenés nada; si no, no podrías mover los dedos”. Un diagnóstico bien de barrio me dio. Le pidió a la mujer que me lleve adentro de la casa y me lave las heridas con agua y jabón. Cuando salí le pedí al señor que me llevara a mi casa en su auto recién lavado. Me preguntó dónde vivía. “A 16 cuadras, pasando Juan B. Justo”, le dije. “¿Y vos dónde vivís?”, le preguntó a Gusti. “Acá a dos cuadras”, le dijo el otro. “Na, andá a lo de tu amigo y llamá a tu casa de ahí”. Ok, gracias.

No recuerdo la caminata ni el viaje en ascensor hasta el séptimo piso. Entré a lo de Gustavo y me tiré en la cama mientras Susana, la mamá de Gusti, trataba de calmarme y comparaba mi brazo roto con mi brazo sano. “Yo los veo igual, no creo que tengas nada”, me decía. Es que como era tan flaco ya de chiquito, la verdad es que la diferencia no era mucha. A esta altura, igual, la hinchazón era grande y el dolor muy intenso. Gusti agarró el teléfono y empezó a marcar a mi casa. “Deciles que me quebré, no les digas que me lastimé nada más, deciles que ME QUEBRÉ”, le indicaba mientras me retorcía del dolor. Necesitaba que mis viejos se asustaran, así vendrían a buscarme rápido. Alguien contestó en mi casa y Gusti explicó la situación sin utilizar el verbo “quebrar” en ningún momento. “Juan Manuel se cayó y se lastimó toda la mano” fue su descripción. Lo quería matar. Me quería matar. Traté de relajarme mientras Diana, la perra de los Zanetti, se acercaba y me olfateaba. Ella sí que no entendía nada de nada.

Pasó un rato y sonó el timbre. Me levanté, siempre sosteniéndome el brazo con la otra mano y llorando —ahora sí por el dolor. Abajo esperaban mi viejo y mi hermano, que en cuanto me vio salir del ascensor a través de la puerta de vidrio del edificio dejó salir un “aaaaah no tiene nada el cagón este”. Me tiré en el asiento de atrás del auto y traté de aguantar el dolor hasta que llegamos al Centro Valls. Las radiografías confirmaron que me había sacado la muñeca de lugar y fracturado el radio. Me acostaron en una camilla y me colgaron del dedo gordo una pesa de no sé cuantos kilos. En algún momento el médico me avisó que me iba a poner la muñeca en su lugar, cosa que me dolió como la gran puta. Después me enyesó casi hasta el hombro y me dio 45 días de recuperación.

Mi yeso y yo a punto de subir al micro, el día que nos íbamos de viaje de egresados - 1989.

El yeso era pesado. Si mal no recuerdo estábamos en la segunda semana de noviembre del 89. Hacía calor y en pocos días me iba de viaje de egresado. Todos me hablaban de la picazón que me iba a agarrar, de que me iba a tener que rascar el brazo con un cuchillo o una aguja de tejer. No tardé mucho en darme cuenta de lo que hablaban porque al poco tiempo me estaba rascando el brazo introduciendo entre el yeso y mi piel un cuchillo Tramontina de los que usaba para comer los suculentos churracos que preparaba mi vieja. El yeso me cagó el viaje de egresados. No pude alquilar una bicicleta cuando todos mis compañeros lo hicieron y salieron a rodar por ahí, y  solamente me podía meter en la pileta con el agua hasta la cintura y con el yeso envuelto en una bolsa de basura, mientras mis amigos chapoteaban y se sumergían, felices, debajo del agua. A la hora de la ducha era lo mismo. Bolsa de basura en el brazo. Esto sin contar el calor y la picazón insufribles que producía, más aún en una Córdoba calurosa de finales de noviembre.

La gran pregunta sobre lo que pasó aquel sábado a la tarde nunca tuvo una respuesta certera. Nunca supe si fui víctima de un ataque casual o premeditado. Aunque no puedo negar que teniendo en cuenta nuestra situación en aquella época —se empezaba a saber que nos íbamos a ir del país, justamente de ese país que prometía irse muy a la mierda muy rápido— había altas sospechas de que alguien estaba tratando de hacernos daño. Son puras conjeturas, pero el caso es que una tarde estaba yo jugando en la calle con mis amigos, correteando por ahí con mi brazo enyesado, cuando de la nada se abre la puerta de mi casa y me llaman para adentro. En el living estaba mi mamá con unas cuantas amigas y un señor que nunca antes había visto en mi vida. De todas maneras no tardé en darme cuenta de que se trataba de alguna especie de manosanta, curandero o algo por el estilo (digo esto a sabiendas de que mi madre querrá colgarme de las pelotas cuando lo lea). Sentado en el sillón del living de mi casa, el tipo —retacón y panzón— me examinó con la mirada unos segundos y me preguntó: “¿Cuánto tiempo te dieron de yeso”? 45 días, le respondí. Me miró fijo unos segundos más y me dijo: “Te lo van a sacar antes. Está bien enyesado. En 30 días te lo sacan”. Ok. Y volví a la calle a jugar con mis amigos.

Al mes del episodio del ninja tuve que ir al Centro Valls para un chequeo. Ese día me sacaron el yeso.

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Un ninja me rompió el brazo: primera parte

El ninja que me rompió el brazo era más grande que este.

Cuando digo que un ninja me rompió el brazo, exagero pero no tanto. Porque si bien es cierto que no vino un ninja, me tomó por las extremidades y me hizo una toma de karate (o lo que sea que hacen los ninjas), sí es verdad que la fractura de mi brazo derecho a los 12 años —la única fractura de mi vida— fue causada directamente por un ninja. Obviamente nadie me cree.

Era 1989 y yo todavía vivía en la Argentina de los australes y en plena transición política. Épocas de un Alfonsín que renunciaba seis meses antes de que termine su mandato mientras Carlos Saúl se alistaba para debutar como líder de un país que prometía irse bien a la mierda bien rápido. Floresta había hecho de mí un preadolescente adicto a la calle y a la vagancia. Por eso esa tarde de sábado de noviembre, con Gusti nos escapamos un rato del festival/torneo de fútbol que había en la escuela para irnos a jugar unos fichines a Zoom. Zoom era el local de videojuegos del barrio en el que solíamos juntarnos con un montón de pibes de los que mi madre hubiese desaprobado, muchachos bastante más grandes de pelo largo y aritos que tenían toda la pinta de indeseables a pesar de no necesariamente serlo. Las fichas costaban 100 australes cada una y Gusti y yo no teníamos mucho más que para dos o tres, con lo cual al poco rato emprendimos la vuelta hacia la escuela.

Cruzamos la vía y enfilábamos por Segurola para caminar las tres cuadras que nos separaban del colegio cuando de repente divisé lo que parecía ser un billete de 100 australes que venía siendo arrastrado por el viento a lo largo del pavimento de Venancio Flores, la calle que bordea la vía y que históricamente me intimidó por varias cosas. Más que nada por estar, precisamente, al lado de la vía del tren y por ser el lugar que elegían las piltrafas del barrio para ir a drogarse y ese tipo de cosas. Para mí era una calle en la que potencialmente o te robaban, o te secuestraban o te agarraba una patota y te cagaba a palos con total impunidad.

Por ahí venía arrastrándose el billete de 100 australes, casi como si se tratara de un señuelo. Lo vi de lejos y me fui acercando para ver si efectivamente era un billete. Y sí. Estaba nuevito, demasiado nuevo ahora que lo pienso. Lo levanté y empecé a hacer un baile pelotudo de chico de 12 años que se encuentra tirada en la calle suficiente plata como para comprarse una ficha de video. Gustavo me miraba y se cagaba de risa.


Por perseguir esto me gané una dislocada de muñeca. Para reflexionar.

Festejamos el hallazgo y —punto clave de la historia— seguimos nuestro camino de regreso a la escuela, pero ya inevitablemente desviados de nuestra ruta original por Segurola. Los 100 australes con la cara de Sarmiento nos hicieron seguir (sin darnos cuenta) caminando por Venancio Flores, supongo que con intenciones de doblar por Gualeguaychú y darle derecho hasta el colegio (cosa que tampoco hicimos). Tampoco entiendo cómo ni por qué terminamos caminando del lado de la vía, precisamente por esa vereda llena de arbustos y recobecos en los que se drogaban las malas influencias de la zona. Supongo —digo, es lo único que me puedo imaginar— que ese día tenía que suceder que un ninja me corriera con un palo por Venancio Flores para que me rompa el brazo, y por eso todas estas cosas se dieron así.

Serían alrededor de las seis de la tarde en época primaveral-veraniega, con lo cual estábamos a plena luz del día. Cosa que, ojo, no le quitaba del todo ese aire medio de terror que tenía y aún hoy tiene la calle Venancio Flores. En aquellas épocas Gusti tenía 10 añitos y apenas un par de días antes lo habían asaltado en la puerta del club Ferro Carril Oeste, robándole el bolso con la pelota de básquet, la billetera y alguna cosa más. Que te roben es una mierda, pero que te roben a los 10 años te deja muy justificadamente cagado en las patas. Y Gusti, traumatizado por el mal trago reciente, venía bastante sugestionado, mirando para atrás cada dos por tres por si las moscas. Yo iba despreocupado y feliz porque me había encontrado 100 australes. Hasta que en un momento Gusti me lo marcó:

“Uh, che, mirá”, me señaló algo por encima de su hombro derecho y ahí lo vi: estaba a varios metros de distancia (¿30, 40 metros?); iba —o más bien venía— todo vestido de negro, con un sombrero como de lana también negro y lo que parecía ser un cuello de tortuga estirado por encima de la nariz. Llevaba en la mano un palo negro con ambos extremos terminados en punta y con cintas rojas cerca de cada extremo, y caminaba directamente hacia nosotros sin quitarnos la vista de encima.

“¡JA! ¡Mirá, un ninja!”, fue lo primero que me salió de la boca y seguí caminando despreocupado. Realmente pensé que se trataba de un nene que había salido a la calle a estrenar su disfraz de ninja. Al menos a la distancia daba esa impresión. Además, hasta ese momento con Gusti veníamos riéndonos de absolutamente todo, entonces interpreté que me estaba señalando una cosa más de la cual mofarnos. Y por otra parte, ¿quién sale SERIAMENTE vestido así a la calle a buscar gente para agredir? La respuesta a eso estaba a pasitos de nosotros.

Gustavo no se quedó tranquilo y a los pocos segundos volvió a mirar hacia atrás. “Che, boludo, pará, mirá…”, me dijo ya con una cara que reflejaba el más perfecto cruce entre la preocupación y un cagazo que crecía a pasos agigantados. ¿Y por qué esa cara? Porque en los pocos segundos que transcurrieron entre la primera y la segunda vez que Gusti miró hacia atrás, el ninja nos había ganado unos cuantos metros y ya se veía bastante más grande y bastante más cerca de nosotros. Fue ese el momento en el que tomé conciencia de la situación: Ok, no es un nene. Pero es un ninja. No es un ninja japonés, como los del Shinobi o los del DragonNinja, tampoco una Tortuga Ninja, pero está vestido como un ninja y tiene un palo en la mano. Un ninja de Floresta, sí, pero un ninja al fin. Y está claro: nos viene a buscar. Ahora que lo pienso, si esto hubiese ocurrido 20 años más tarde —en el 2009 en lugar de 1989— quizás este post se titularía “Un piquetero me rompió el brazo”.

Nuestra primera reacción fue genial. Mirando al ninja parado a 15 o 20 metros de nosotros en línea recta, nos agachamos ¡nos agachamos! y nos metimos atrás de un arbusto, como si el tipo no viera lo que estábamos haciendo. Su reacción a esa genialidad nuestra fue todavía más genial: puso una rodilla sobre el piso y realizó un revoleo de su palo en el lugar, como diciendo “estoy al tanto de sus movimientos y ¡miren lo que hago! ¡Asústense!”. Funcionó. Lo próximo que recuerdo es una especie de “vvvvaaaaaaaaaaAAAMONOS A LA MIERRRRDAAA BOLUDOOOOO!!!” así, yendo de menos a más. Correr. Correr. CORRER. Era todo lo que me pasaba por la cabeza.

La segunda parte de esta historia, acá.

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